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martes, 17 de abril de 2007

La espera


El sudor recorría sus manos mientras el reloj avanzaba sin piedad. Todos los días, justo antes de que sonara la campana para entrar a clases la veía entrar corriendo al colegio, siempre atrasada. Su pelo moreno y brillante se balanceaba de lado a lado de la cabeza al ritmo de su carrera. Sus incipientes curvas se movían con soltura.

Adela iba un curso más arriba que Felipe, y a los quince años su cuerpo ya insinuaba una voluptuosidad especial. Felipe ya no hablaba con nadie, se entregaba a la observación con total placer. Algún día ella sabría quien es él. Por el momento, agradecía la visión y solía recordarla en los momentos de soledad.

Hace más de un mes que se había propuesto hablarle. -"Hola"- le diría, sería un momento mágico y todo cambiaría. Serían amigos, todos los días, al llegar al Colegio, ella lo saludaría con un beso. En los recreos lo buscaría con la mirada para hacer un gesto amistoso a lo lejos. Con el paso de los días el beso matutino se acercaría imperceptiblemente a su comisura, de ahí en más nadie sabría donde terminaría todo.

Pasaban los días y no encontraba la posibilidad esperada, cada vez que la veía se le detenía el corazón, como si lo hubieran envuelto en una toalla mojada, le temblaban las piernas y se le secaba la boca.

Una mañana de septiembre, se llenó de valor y antes de la escalera que conducía al segundo piso del colegio, se le acercó y con la voz un poco ahogada le dijo: -Hola-

-Hola-, respondió Adela, sin detenerse. Su voz era un poco aspera. Felipe sintió como se le erizaban todos los pelos de su cuerpo y como la sangre de sus venas subía de temperatura. A esas alturas el rojo ya dominaba su afilado rostro.

Estuvo las semanas siguientes pensando cual sería el próximo paso. Sin embargo, las cosas no mejoraron como esperaba. Adela le parecía cada vez más distante. Veía como ella le hablaba a los infelices de cuarto medio, el brillo de sus ojos, el vaivén de sus caderas, la leve inclinación de su cabeza cada vez que la llamaban, todo era una tortura. Pasaba el día pensando como vengarse de todos los que acosaban a su negrita. No iba a permitir que se la quitaran.

La última semana de clases vio como Gutiérrez la tomó por la cintura. Esa mano la envolvía totalmente, desapareciendo por el otro lado de su cuerpo. Adela parecía un poco incomoda, pero se entregaba al abrazo.

Felipe no lo soportó, cruzó a paso firme el patio adoquinado del colegio, tomo por el hombro a Adela y la movió con cuidado. Sonaba el timbre que ponía fin al recreo y al ver la cara rústica de Gutiérrez, lanzó su mejor golpe, el cual no encontró mas resistencia que la del aire y terminó por dejarlo en el suelo. La carcajada fue más fuerte que el timbre escolar.

-¿Quien era ese?-, preguntó Gutierrez, tomando con fuerza el brazo de Adela.

-no se, nunca lo había visto- respondió Adela indiferente.