
Jorge no se sentía un mal tipo. Estaba casado con Sonia desde muy joven y todo lo que tenía lo había conseguido trabajando duramente. Cuando su mujer quedó postrada se forzó a no ser vencido, a ser un ganador.
Así, y después de varios años, compró la tienda que les permitía vivir. Llegaba de madrugada todos los días desde hace 15 años. En el último tiempo su hija Amelia lo ayudaba por las tardes.
Pasó por tiempos difíciles en que lo persiguieron sin piedad. Las deudas, la coca, las putas, todo era un torbellino incontrolable.
Se arrepentía de muchas cosas, pero creía que las había compensado a tiempo. Lo único que lo ensombrecía era esa imagen que iba y venía a su mente, una y otra vez, inmisericordemente.
La noche en la vieja casa de Estación Central le parecía más oscura que ahora, y ahí estaba Amelia, la ropa a los pies de la cama y su cuerpo tibio que se hacía rígido, pero que no podía resistirse, las lágrimas, el silencio. Veía esa cara infantil sometida a su poder infinito y le gustaba esa expresión.
Quiso olvidar y perdonarse. Ya era tarde.
No la vio por años. Llegó en un día de verano a decirle que se casaría con Ricardo y que quería que su madre supiera. Jorge se opuso, veía en Ricardo un futuro gris y miserable, parecía que Amelia se estuviera vengando. Ella siempre fue tozuda y consiguió lo que quería.
El tiempo le dio la razón, y término entregándoles dinero todos los meses para pagar su departamento en el centro. Le dio trabajo a Amelia para liberarla, al menos unas horas, del lastre que llevaba.
Jorge había recuperado su poder.
Todos los días, al llegar la tarde, esperaba con ansias que Amelia llegara, sólo para verla. Su cara nuevamente tenía esa expresión y todavía le gustaba.