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martes, 15 de mayo de 2007

Pilar y el Centro de Santiago


La Pili Astaburuaga siempre fue la chica guapa. También las más sola. Su cuerpo largo y de curvas suaves, su pelo moreno, ensortijado y abundante era una especie de imán para los hombres. Su familia era dueña de un importante grupo de empresas, pero Pilar prefirió mantenerse ajena al negocio, sus hermanos estaban a cargo.

Estudio varios años en Inglaterra, pero nunca ejerció la sicología. Prefería organizar los eventos de la empresa familiar y administrar la galería de arte que mantenía con su hermana.

Para ella seguir soltera a los 38 años no era un gran problema, le molestaba un poco ver a sus amigas fofas, hablando todo el día de los niños, las nanas y de como soportar, además, a sus maridos trabajólicos y ausentes.

La alternativa a eso era deprimirse con sus otras amigas, solteras o separadas, neuróticas y llenas de vacíos, metidas toda la semana en happy hours, para terminar completamente ebrias y encamándose con el primer sujeto que les llamara un poco la atención. Después, radio taxi a la casa, levantarse a mediodía y seguir viviendo.

A veces, muy de vez en cuando, al volver del trabajo dejaba el auto estacionado en el subterráneo de su edificio, subía al departamento y después de una larga ducha se ponía sus botas de tacón, su minifalda que hacía perfecto juego con sus piernas largas y formadas y partía sola a ese bar escondido en el centro de Santiago.

El lugar no era muy grande, pero estaba bien armado, su sencillo estilo minimalista le daba una onda urbana sin muchas pretensiones que la seducía y los tragos eran excelentes. Era un lugar ajeno a su mundillo, nada de autos lujosos, nada de condominio en La Dehesa, nada de restaurantes caros y desabridos. Este anonimato le gustaba, su cara de niña rica no cuadraba con la fauna que frecuentaba el lugar, por lo mismo llamaba la atención, pero a la vez asustaba.

Le gustaba llegar tarde, después de la una de la mañana. Al principio nadie la abordaba, lo que la ayudaba a elegir. Al sacarse el abrigo rojo, que llegaba prácticamente al suelo, sentía las miradas clavadas en la espalda. Sentada en un extremo de la barra, después de 3 o 4 vodka tónica, se sentía bien, segura de si misma y un poco eufórica. Llegaba el momento de conseguir lo que había ido a buscar. Le bastaba una mirada insistente, dejar caer su pelo hacia un lado de la cabeza y sonreír.

Al minuto estaba en el baño de hombres, los calzones en la cartera y en el lugar que ellos antes ocupaban el tipo de turno iba y venía con fuerza, con la cara transformada en una mueca permanente por la calentura. Se mantenía equilibraba con la espalda contra la pared, una pierna en la puerta y la otra en el lavatorio. La borrachera la distraía un poco, se miraba al espejo y le costaba encontrarse. Ella no miraba a su amante, ni siquiera lo sentía dentro de ella, su mayor placer era tener ese poder, la posibilidad de elegir sin ser nunca rechazada. Después de un rato se desprendía con violencia, y dejaba a su víctima sola y balbuceando alguna estupidez.

Después, caminaba serpenteando un par de cuadras por la vereda mojada, paraba el primer taxi que aparecía y partía a su inmenso, pero frío loft en el barrio El Golf. Una vez sentada sobre el sillón se tomaba el último trago con la luz apagada, junto con él un par de aspirinas y se dormía.

El día siguiente siempre le parecía mejor que los demás.

miércoles, 4 de abril de 2007

El periodista


Eran las tres de la mañana de un martes de junio y en el bar ya no quedaba casi nadie, salvo Andrés y su cuarto whisky.

Después de terminar su carrera de periodismo y de partir a Barcelona con la excusa de estudiar, obviamente financiada por papá, había vuelto a Chile sin lograr encontrar un trabajo decente.

La pega en el diario era miserable. Reporteaba casos policiales menores, y lo publicaban muy de vez en cuando. La verdad, su trabajo, su carrera y su familia le daban lo mismo.

Miraba como el último hielo se derretía para tomarse de una vez el trago e irse a su departamento a un costado del Parque Forestal. Cuando se paró, la piernas le temblaron un poco, pero se equilibró con más facilidad que la noche anterior. No hay como la práctica, se dijo a si mismo, con ese humor negro que lo caracterizaba y que era una de las pocas cosas de las que estaba orgulloso.

Miró hacia la puerta del bar, pero en el camino su vista se topó con ella. Tenía cerca de cuarenta años, pero muy bien llevados. Como siempre el destino lo ayudaba a salvar un día más. Al día siguiente no tenía que trabajar hasta después de mediodía.

Se sentó en la mesa de al lado, dio vuelta la silla y la saludó con seguridad. A estas alturas se sabía el libreto de memoria. Bastaba demostrar seguridad en si mismo, un poco de humor y escucharlas.

Camila estaba separada hace unos meses y todavía respiraba por la herida.

-¿por que no nos tomamos un café en mi departamento?-
propuso Andrés a los pocos minutos.

-Bueno- dijo Camila, con una sensualidad añeja, maqueteada.

Mientras caminaban al departamento de Andrés, Camila se limitó a hablarle de su ex. Andrés ya no la escuchaba.

El conserje miró a Andrés con pícara admiración, ellos entraron rápidamente, como queriendo saltarse las miradas. Una vez adentro, no hubo café. Camila se le fue encima con torpeza, a Andrés no le importó. Ya era tarde para sutilezas.

Cuando Andrés, todavía vestido, terminó de desnudar a Camila ella estalló en lágrimas, tomó su ropa y volvió a vestirse. Trató de irse, pero Andrés la contuvo.
-Soy igual que él-, repetía entre sollozos. Andrés preparó café y cuando volvió de la cocina, Camila se había ido.

Al día siguiente, despertó a las tres de la tarde con el teléfono, era su editor que lo puteaba porque nuevamente no había llegado a la reunión de pauta.

-Métete tu mierda de diario por el culo- le gritó, mientras colgaba el teléfono y seguía durmiendo. Ya vería que hacer después.